Todas las mañana coincidían ante el espejo. Ella limpiándose los dientes y maquillándose. Él, afeitándose. A cada momento se miraban de soslayo con esa ternura que solo ellos hacían crecer y sonreían. Algún que otro día él le pintaba la nariz con espuma de afeitar y ella le daba un taconazo sobre su pie. Entonces, saltaban las carcajadas. Mientras la cafetera rosa silbaba avisando de que el café ya estaba listo. Café para dos.

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