Había conseguido jaboncillos de la marca Lux clásico en Santiago de Chile. En una tienda de ultramarinos. De casualidad. Hasta ahora me había duchado con cualquier jabón, que no eran malos, pero no tenían ni la fragancia ni la cremosidad del Lux. Compré todas las pastillas que pude, que dada mi economía, no fueron muchas.
La ducha de esa noche fue mágica. Tuvimos que correr como posesos para llegar al albergue donde nos alojabamos antes del inicio del toque de queda diario impuesto por el regimen del general Pinochet. Todo
un regalo. Un pequeño placer. Seguramente sin merecerlo. Aunque llevara más de un año sin pasar por casa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario