Que pena. Había vendido su revolver, un 38 especial largo, a un policía de su ciudad. Si lo tuviera ahora le hubiera facilitado las cosas. No se tarda nada en meterselo en la boca y apretar el gatillo para que salten los trozos de cerebro, por llamarlo de alguna manera, por toda la habitación. Pero por ahora no tenía cojones para acabar con su miserable existencia. Quizás mas adelante se tirara por un puente de cabeza o se degollara.
No hay comentarios:
Publicar un comentario