Gustaban de leer y leerse, de vez en
cuando, en la cama. Lagartija lo hacia boca abajo, con los codos y el
libro apoyados en la mantita de agujeros azules y lobo, boca arriba,
con el libro cogido en sus manos. De vez en cuando se interrumpían
para preguntarse algo o, para hacer algún comentario. Eso tenía un
precio. Un beso. Y una sonrisa de las que calan en el alma.

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